sábado, enero 28, 2012

Ayer me escribió Guillermo Arenas para hacerme unas preguntas para un artículo que preparan sobre Leonard Cohen en numerocero.
Unas horas más tarde, otro amigo me mandó la versión sin doblar del ya mítico discurso que dio Cohen en la entrega de los Premios Príncipe de Asturias. Si consigues que no te despiste la incomodidad de Letizia Ortiz mirando a la cámara o el disgusto de ver a Álvarez Cascos (el enemigo de la cultura) ahí sentado, el discurso es emocionante y hermoso.



En fin, después de verlo, respondí al correo de mi amigo americano contándole la historia que había contado previamente a Guillermo, convenientemente ampliada. Y ahora os la cuento aquí a vosotros.

Mi primer recuerdo nítido de Leonard Cohen es esta historia, que sucede en 1988. Entonces yo tenía dieciséis años y llevaba, por lo menos, dos o tres años obsesionado con la música rock. Probablemente, escuché alguna canción anteriormente en la radio -en M80 Serie Oro, por ejemplo-, pero no tenía una opinión formada ni demasiado interés aún. Hasta que pasó esto.
Mis tíos vinieron de visita a casa, un sábado por la noche. Iban a estar solamente un rato, porque después se iban al Auditòrium al concierto de Leonard Cohen. A mí me pareció una cosa "de mayores", como si fueran a ver a Georges Moustaki (a quien vi ese mismo año o al siguiente, acompañando a mi madre).
En realidad, lo que a mí me apetecía era salir a la calle inmediatamente a comprar el nuevo número de Rockdelux. Necesitaba mi dosis mensual de música moderna y no quería esperar al lunes. Pero las tiendas ya habían cerrado, así que decidí ir caminando hasta el centro comercial, que cerraba más tarde.
Salí de la casa de mis padres, dejando a mis tíos aún allí, y empecé a caminar hacia el centro comercial. Habría unos veinte minutos largos de camino. Las calles estaban tranquilas y oscuras, era de noche. Hacia la mitad del camino me di cuenta de que, para llegar a mi destino, debía pasar bordeando las casas de Corea, un barrio conflictivo que, a mi edad y en esos años, provocaba tanto miedo como fascinación. Iba con las manos en los bolsillos, acariciando las monedas con el cambio justo para comprar la revista, mirando al suelo para no cruzar la mirada con nadie, esperando pasar aquel trago cuanto antes. Creo que no corrí.
Llegué sin novedad al centro comercial, busqué la papelería y compré la revista.
La portada era un primer plano de Leonard Cohen.
Volví caminando de nuevo a casa, lamentando haberme perdido ese concierto (lo lamentaría durante muchos años), pensando si no habría estado bien apuntarme al plan de mis tíos y haberle visto esa noche. En los días siguientes, me las arreglé para grabarme "I'm Your Man" y lo escuché hasta gastarlo.
Unos años después salió a la venta el recopilatorio "I'm Your Fan" (con versiones memorables de Pixies, Nick Cave, Robert Forster), y para entonces yo ya había caído rendido ante los encantos de toda su discografía.
Finalmente, conseguí verle en directo. Fue veinte años después, en el escenario principal del festival de Benicàssim, donde acabé trabajando hasta hoy. Gracias, en parte, a haber leído con fruición tantas revistas de música durante todos estos años.

1 Comments:

At 23:35, Anonymous Anónimo said...

Leonard cohen y su sentimiento, su poesía, su premio de fachiasturias, su triste y pobre judiez....

qué pesadez

este tío es un plasta

música para gente coñazo y sin sensibilidad (sí, sin sensibilidad)

se me olvidó decir que es un plasta, ¿verdad?

un plasta para gafaplastas

¡saludos!

 

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